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El cenutrio (electoral)

El cenutrio es un genuino animal, perteneciente a una especie no muy abundante en su existir, aunque sí fácil de ver. Pero sobre todo, molesto de padecer. Sus principales características son una casi nula capacidad de discurrir y elevadísimo grado de sectarismo. Este, por su parte, lo inhabilita en la práctica para cualquier ejercicio de autocrítica, por reducido que sea, a la vez que lo dota de una facilidad inquebrantable para la obediencia cerril a quienes considera sus referentes. El espécimen, genuinamente español, encuentra en los llanos, montañas, mesetas, alcores, marismas y praderas andaluzas un hábitat ideal, muy favorecedor de su espléndido desarrollo. El cenutrio, por otra parte, ha sido genéticamente bendecido por la naturaleza con una inmensa capacidad ergonómica, que hece posible su generosa, y en ocasiones, cómoda presencia en casi todos los ámbitos y actividades humanas. Entre ellas, y de manera particular, en política. Donde, y aun considerando que el cenutrio no es de suyo arrogado, sino por el contrario de marcada tendencia reservona, ha encontrado un espacio, cuya función consiste básicamente en tirar la piedra y esconder la mano. En consecuencia, el peculiar hijo de la creación no acostumbra así a encabezar listas electorales o adoptar un protagonismo incómodo. Y sí, en cambio, despliega estrategias de agrado al que reparte, esperando en justa recompensa sacar su buena tajada.

Quedando, pues, demostrado que el cenutrio es un pobre ente sin criterio, sus cualidades para el lamido de culo ajeno resultan sobresalientes. Una cualidad que exhibe con plenitud, marcado ahínco y profusión durante las campañas electorales, donde el cenutrio adopta por momentos estrategias propias de una bravía madre de cachorro de lobo o león al desquite ante un peligro acechante para sus vástagos.  Razón por la cual, el papel que se le asigna habitualmente por el jefe político es la baja y ruin fontanería. Arte en la que este hijo de la naturaleza acostumbra a mostrar una trabajada maestría, propia de un verdadero y entusiasta experto. Otra cosa son los resultados que cosecha, frustrantes a menudo, ya que no pocas veces sus tropelías se le volvieron con efecto boomerang.

En todo caso, pertinaz donde los haya, la maestría del cenutrio (en otros ambientes científicos conocido también por el nombre de mastuerzo) es aplicada en todo su esplendor, si bien intentando no perder el disimulo, llegadas las campañas electorales. Entonces, además de loar los méritos de su señor por doquier y cada vez que tiene ocasión, el vocacional carroñero de la variedad mamporrera, no ahorra critica (a ser posible anónima) ante las publicaciones que hacen sus rivales, por mucho que ganen a las propias en seriedad y en rigor. Y no contentos con ello, se quejan de sus carteles y ubicación (y nunca de los propios), en un arte de doble rasero que ruboriza y ofende el sentido común del general. Además, agría su protesta y se queja del tránsito del carro publicitario del contrincante, clavo ardiendo al que se agarra ante la estrechez de su economía, sin mirar ni de reojo el poderío que derrocha la opción incondicional que patrocina al cenutrio. Quien, inasequible al desaliento, se lanza a la persecución intentando coger al rival en el renuncio, aunque sea de parada de emergencia con mal aparcamiento para avituallamiento, ignorando en su rastrero proceder otros muchos vehículos en el lugar obstruyendo el paso o tapando cocheras justo allí al lado mismo. Diríase que el don de la ecuanimidad y el cenutrio son tan incompatibles que se repelen.

Siendo así, que este peculiar individuo sería capaz de molestarse y maldecir la pegada en el mismo muro de un transformador del cartel de una noble candidata, pero la de al lado por ser del propio (por mucho que sea un líder cansino y ajado). Otras de las destrezas del cenutrio consisten en airearse y despotricar por la música del referido carrito, si bien no de la del suyo cuando lo sacan. Ser torpe, burdo y envidioso, al cenutrio la sociedad hace ya tiempo que lo tiene calado. Por eso, pocos son los que se fían de él o le dan cuartelillo. Casi todos menos sus dueños, que le ríen las gracias y le dan el caramelito de rigor de vez en cuando a fin de tenerlo motivado. Porque sabe su jefe político que, aunque irracional y rastrero, el cobardón cenutrio tiene un alto instinto de superviviencia. De modo que solo es capaz de rayar un coche rival o arrancar sus carteles si se garantiza impunidad; o que si el conductor del carrito se baja tras oír su insulto, ipso facto sabrá desdecirse, lo negará, o pondrá los pies en polvorosa. En el mejor de los casos, y siempre que la ocasión lo permita, el fervoroso especimen tratará antes de dar la vuelta a los hechos para afirmar que fue el conductor quien antes le increpó. Ruin, mezquino y mindundi, el cenutrio no conoce más cometido ni posee mejor criterio que cacarear cual papanatas lo que le soplan al oído o mandan, sin más filtro que su empachado afán gregario y convenido. No son muchos por fortuna, pero llama la atención que sean siempre del mismo lado

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